Blog Anton Castro 24/dic/19

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Creo que la primera vez que vi a Aurora Charlo fue en Albarracín, con sus pinceles, sus acuarelas y el agua en la mano. Ante el Guadalaviar, en el cementerio y en el mirador hacia las murallas. Allí, me habló de su técnica, de su trabajo, de su ambición, de su sentido entre telúrico y lírico del oficio.

Aurora Charlo posee una técnica poderosa. Es difícil hallar a alguien que tenga ese virtuosismo con la acuarela. La domina en todos sus términos y matices. Como diría Dámaso Alonso, su obra es un puro gozo para la vista. Y es una invitación a indagar: está, de entrada, esa impresión general, que abraza distintos aspectos: el equilibrio cromático, la soltura y la belleza, la suavidad y la energía, el embrujo o el puro misterio. Apetece siempre habitar sus cuadros. Avanzar en ellos, pasear, respirar, sentirlos en uno y sentirse unidad en ellos. De la segunda observación emergen los detalles: la elección de un blanco que también es descanso y sugestión, casi un trampantojo sentimental, el fulgor decisivo de un rojo, las masas, el temblor que eriza las aguas, la alfombra desmayada y acaso metafísica de las nieves. Nieves. Aurora Charlo ha dividido su propuesta en tres partes: ‘Nieves’, ‘Aguas’ y ‘Tierras’, que son las superficies de la artista andariega, que divisa e interioriza paisajes y que luego recuerda, deslíe y consuma en el estudio. Y la tercera mirada es la más íntima: de proximidad, de puro placer, de entrega. De necesidad de ver más adentro. Ahí se percibe, aún más, mucho más, cuantas, cuantas cosas hay en las acuarelas de Aurora Charlo: arrecifes, remansos, suspiros, el ocio sublime, fogonazos, el gesto inadvertido, la melancolía, el señorío asombroso de la técnica, de la sensibilidad y de los matices. El afán de que la acuarela sea un arte mayor, un arte del alma, una transformación ambiciosa del sentir.

Aurora Charlo tiene un estilo. Un abanico de color. Un modo de hacer y desplazar la luz en la trama de sus naturalezas donde rara vez asoma el ser humano. A veces lo hace como si fuera un pájaro, un latido de autobiografía y la constancia de la pequeña inmensidad que somos. Con todo, o con ese bagaje, la pintora Aurora Charlo va un poco más y juega, experimenta, ensaya rojos, granates, blancos (que son el hueso y el corazón del papel, que son estremecimientos de una tonalidad clara, sí, que son la presencia invisible de los dioses o de un fantasma acaso inadvertido), y logra crecer aún más, evolucionar, expandir. Logra, sí, una obra nítida, sugerente, en diversas formatos, que tiene algo de diario de viaje, de cuaderno de ensayos, y a la vez de obra mayor, pensada, sentida y elaborada con ese deseo de hermosura constante.

Quedan pocos días para ver y disfrutar de Mavi Arbeloa, y su mundo de expresividad y de suavidades, y asomarse a la naturaleza deslumbrante que sueña y nos ofrece Aurora Charlo, y que dedica a su compañero de vida y de viajes y de pasión Salvador.

 

Antón Castro

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